Un pueblo grande o ciudad pequeña.

El tiempo ha pasado.

Y lo que antes era una ciudad pequeña de casas en arquitectura colonial, equiparable a un pueblo mágico, ahora es un constructo de distintos y dispares estilos, fruto de un pueblo sin conciencia de la riqueza arquitectónica perdida. No queda mucho de ese lugar, pero puedo describirte lo que recuerdo, al menos desde que tengo memoria.

Puedo describirte también, en que se ha convertido ese pequeño punto en el mapa, en la cuenca del Lago de Pátzcuaro.

La avenida principal se extiende como un corredor comercial, donde la artesanía de madera y cuero es la mercancía dominante, llega hasta la plaza que circunda por tres portales y viviendas de adobe y tejado terracota, en el centro de la ciudad se encuentra una fuente, con un pilar de unos cinco metros que termina en un pedestal sobre el cual descansa una estatua a los nativos del lugar, la cazadora conocida como La América, yace sentada con arco y carcaj. Yo crecí en este lugar, en casa de mi abuela. Rodeado de plantas y guisos tradicionales mexicanos, postres y café.

Mis padres me han contado que hace años, las calles del centro de la ciudad estaban empedradas, había jardineras y árboles que armonizaban la “subida al Calvario”. Colonia que, estimo, se ha poblado exponencialmente desde hace diez años.

Como dicen los mayores.

“Antes todo esto era cerro”.

Y en efecto, lo era.

Recuerdo que cuando estudiaba la preparatoria, disfrutaba salir del bullicio del centro de la ciudad para estar al aire libre, más allá de El Calvario, hoy he vuelto al lugar en que solía encontrar refugio, y he encontrado aún más bullicio que en el centro, en lo que ahora es una montaña de casas de ladrillo. Espacios desordenados sin armonía ni respeto de una estética definida.

El lago de Pátzcuaro se ve desde lo alto. Nunca me tocó verlo al borde de mi ciudad, pero sí en mayor volumen que el que tiene hoy en día. Pese a los esfuerzos del gobierno por conservarlo, es innegable que su tamaño ha ido decreciendo año con año. Siendo el principal problema, la tala, deforestación y falta de cuidado ambiental en la cuenca. Que abarca más allá del perímetro del lago. Se trata de un problema del ecosistema.

Mi hogar era un sitio tranquilo, pero ha cambiado en más de un sentido, la inseguridad y el crimen echan raíz más debajo de la tierra, para producir dinero rojo.

Hoy no hay ni un alma más allá de las diez de la noche, cuando antes aún era horario concurrido.

 A pesar de todo, hay cosas que no cambian, y es que todos se conocen.

 




Eliza irradia magia.

 

Eliza miró a Pedro, y Pedro miró a Eliza.

Las alas de luz que emanaba del “aurante” se parecían al espectáculo que ofrecen las 

auroras boreales.

Para ella él era un simple mortal. ¡Y eso era fascinante!

         -¿Qué sientes cuando el viento toca tu cabello?

         -No sabría describirlo a un aurante.

         -¿Que se siente… bueno, ser tú? Existir y al mismo tiempo… 

            ser como una bruma. -Para mi-. Exclamó su voz seductora y portentosa. 

Es calma, es como un río fluyendo en todas direcciones, a veces armónicamente, 

a veces vertiginosamente.

Ella era un milagro de la naturaleza que iba y venía.

Con la noche, con la lluvia, con la sequía.

Día con día.

Tarde tras noche.

Noche después de la noche.

Y los colores de éste misterioso ente, cambiaban si había sol, luna… lluvia.

En el bosque de los aurantes, Pedro escuchó susurros que revoloteaban entre sí,

y le atravesaban como un aire helado pero sereno.

Vagó por ese bosque y conoció muchos “aurantes”.

Algunos tenían dedos de tres pares. Largos y blanquecinos como el mármol.

Los aurantes ancianos, eran de un color plata con tonalidades azuladas.

Sin ellos el tiempo no tendría sentido. Ni la luz, ni la oscuridad.

Ni siquiera la realidad misma.

Algunos decían que los aurantes eran fantasmas.

Pedro, poco a poco se dio cuenta que su piel se caía, como una cáscara, 

sus cabellos se tornaban blanquecinos, sus dientes amarillos, 

incluso su olor había cambiado. Pero él no. Seguía siendo el mismo pedro, 

en el interior, deseaba tener esa luz.

Y al alba.

Eliza fue lo primero, y lo último que vio.

 

 La magia de la aurora boreal en pleno invierno canadiense I Les Trésors  d'Erable


El camino que el mar dispersó.

El manto azul del océano ondeaba serpenteante y armónico, como una bandera azulada,

bajo un cielo airoso y cambiante. Lucas andaba en ese paraíso cada mañana, regresaba

a degustar una que otra  hierba marina, y se refrescaba con la espuma salina del medio día.

 

En ese punto el sol era abrasador, y el agua refrescaba y reconfortaba a todas las especies

andantes y marinas. La pequeña tortuga era rápida para los suyos, y aun así, lenta cuando

se trataba de mirar el atardecer.

 

Entre sus reflexiones y el cajón de inquietudes que enterraba en la arena. Lucas temía 

por el cambio. Así como el sol salía, y serenamente alegraba su mañana, así llegaba la

tormenta tarde que temprano, y todos sus familiares y amigos tenían que refugiarse, así

como había momentos tranquilos para nadar con libertad, así llegaba el depredador en

busca de sus huevecillos para después llorar la pérdida de sus hermanos y hermanas.

 

Los peores eran los humanos, y por terribles que fueran sus actos, para Lucas eran

criaturas sorprendentes y horripilantes a la vez. Con frecuencia les miraba desde lejos,

ahí en el arrecife dorado.

Los humanos jugaban con la arena, llevaban a sus críos y corrían a la orilla del mar.

Y Lucas se divertía de verlos, siempre a una distancia prudente.

           - Pronto tendremos que hacer maletas, nadar, buscar una isla o archipiélago, 

             solo para nosotros.

           - El hombre nunca nos ha dañado.

          - ¿Y cuando robaron nuestros huevos? ¿Qué hay de cuando contaminaron

             la casa de Mika?

            ¿Cuándo se llevaron a Larry la langosta?

 Nadar lejos era la solución.

Los días pasaban y sus amigos, padres y hermanos vivían con sus precauciones,

pero indiferentes del peligro de los humanos.

           - Ayer se llevaron a Fito.

           - Tus tíos han partido a su rescate y pronto volverán, todos juntos, como si nada.

Pero Fito no volvió.

        - Chira lleva un día escupiendo rojo, tiene una vara atorada en la garganta.

        - ¿Y puedes culpar a los humanos por eso?

Melancólico, Lucas la tortuga observaba a la orilla del mar.

Para cuando llegó el momento de partir, solo quedaba Lily, y Beni, convencidos de

buscar un nuevo hogar, partieron al anochecer.




 



El Informante.

Su cuerpo estaba adolorido.
Sus músculos tensos.
Las cuerdas le aprisionaban a una rígida silla metálica.
Pronto la bodega ardería en llamas y él con ella.
Pero Will Andrews había enfrentado situaciones más complejas que esa.
Había quedado atrapado en una cueva cerca de las rocosas canadienses, el agua subía de nivel con rapidez, pero Will logró trepar por el peñasco antes de quedar sumergido por la marea.
El sonido de la pólvora le emocionaba.
Era muy de él esperar hasta el último minuto.

-No eres hombre cuerdo. 

Le dijo alguna vez su hermano Jason.

-Pero lo consigo igual.

Amarró un bloque de hierro al extremo y ambos se elevaron por los aires cayendo dolorosamente en el otro extremo del edificio en construcción.
Aquél fue el inicio, ese fue el primer paso que lo guiaría a esa bodega.
Jason era un tipo de bigote castaño, ojos marrones y cabello largo. Siempre problemático. Will era el sujeto que le sacaba de apuros. Para bien o para mal, y estaba harto de ser ese individuo.

Jason no lo tomó a bien.
Así que envió sicarios tras su propio hermano.
Su objetivo era hacerlo entrar en razón.
-Pero lo que tu pequeño hermanito no sabía, era que teníamos "ese" asunto pendiente contigo Tovarich.

En Rusia, Will había traficado con ellos y en un giro de tuerca, sus compinches habían sido expuestos y encarcelados.
-No me sorprende verte Vladimir.
El puño ensangrentado y repleto de anillos de aquel hombre se plantó en su estómago. Y el hombre lo recibió sin reprimendas, así como la paliza de su banda.
-Cortenle la cabeza y dénsela a los perros.
-Me necesitas.
Entre risas, Vladimir lo miró incrédulo.
-¿Te parece que necesito otro informante? Ya tengo a Víctor para ese trabajo. Y tu has resultado una piedra en el zapato desde hace años. Tu deuda se salda hoy pedazo de escoria.
Uno de los hombres que los rodeaban empezó a tambalearse, y entre temblores y convulsiones cayó muerto al suelo.
-¡Víctor! ¿Qué?
-Como dije...
-¿Y que le diremos a Jason? ¿Eh? Nos cortará la cabeza a nosotros.
- No tendrás un mejor informante que yo. Recházame. Y no tendré clemencia esta vez Brutus.
El secuestrador enrojeció en cólera ante su segundo nombre y le plantó un cuchillo a su víctima.
Will gimió pero no cedió.
Eso es lo que sucede cuando una fuerza imparable choca contra un objeto inamovible.
La víctima aceptó el papel que se le encomendó, bajo las ordenes de Alexander, la mano derecha Vladimir. Visto en fuego cruzado, Alexander debía asumir el lugar de su superior, y para eso necesitaba ayuda, no como informante, sino como un agente de las sombras. Y para desempeñar éste rol, primero debía morir.
-Tienes diez minutos para librarte de las sogas. Pero no te la pondré fácil. Tómalo como una prueba.
Poco tiempo.
-Pero lo consigo igual. Murmuró. Con las muñecas rojas la silla se desplomó a sus espaldas. En la soledad y la penumbra, una chispa se encendió ante sus ojos oscuros, ahora castaños por la luz del fuego.
-Demonios. 

El lugar ardió en llamas, entre pólvora y ceniza.
Días después un hombre bajo el pseudónimo de Richard Duncan caminaba por la calle a la espera de su nuevo empleador, o su nueva víctima. Un viejo conocido; Vladimir Koslov.