El camino que el mar dispersó.
El manto azul del océano ondeaba serpenteante y armónico, como una bandera azulada,
bajo un cielo airoso y cambiante. Lucas andaba en ese paraíso cada mañana, regresaba
a degustar una que otra hierba marina, y se refrescaba con la espuma salina del medio día.
En ese punto el sol era abrasador, y el agua refrescaba y reconfortaba a todas las especies
andantes y marinas. La pequeña tortuga era rápida para los suyos, y aun así, lenta cuando
se trataba de mirar el atardecer.
Entre sus reflexiones y el cajón de inquietudes que enterraba en la arena. Lucas temía
por el cambio. Así como el sol salía, y serenamente alegraba su mañana, así llegaba la
tormenta tarde que temprano, y todos sus familiares y amigos tenían que refugiarse, así
como había momentos tranquilos para nadar con libertad, así llegaba el depredador en
busca de sus huevecillos para después llorar la pérdida de sus hermanos y hermanas.
Los peores eran los humanos, y por terribles que fueran sus actos, para Lucas eran
criaturas sorprendentes y horripilantes a la vez. Con frecuencia les miraba desde lejos,
ahí en el arrecife dorado.
Los humanos jugaban con la arena, llevaban a sus críos y corrían a la orilla del mar.
Y Lucas se divertía de verlos, siempre a una distancia prudente.
- Pronto tendremos que hacer maletas, nadar, buscar una isla o archipiélago,
solo para nosotros.
- El hombre nunca nos ha dañado.
- ¿Y cuando robaron nuestros huevos? ¿Qué hay de cuando contaminaron
la casa de Mika?
¿Cuándo se llevaron a Larry la langosta?
Nadar lejos era la solución.
Los días pasaban y sus amigos, padres y hermanos vivían con sus precauciones,
pero indiferentes del peligro de los humanos.
- Ayer se llevaron a Fito.
- Tus tíos han partido a su rescate y pronto volverán, todos juntos, como si nada.
Pero Fito no volvió.
- Chira lleva un día escupiendo rojo, tiene una vara atorada en la garganta.
- ¿Y puedes culpar a los humanos por eso?
Melancólico, Lucas la tortuga observaba a la orilla del mar.
Para cuando llegó el momento de partir, solo quedaba Lily, y Beni, convencidos de
buscar un nuevo hogar, partieron al anochecer.

