Eliza irradia magia.
Eliza miró a Pedro, y Pedro miró a Eliza.
Las alas de luz que emanaba del “aurante” se parecían al espectáculo que ofrecen las
auroras boreales.
Para ella él era un simple mortal. ¡Y eso era fascinante!
-¿Qué sientes cuando el viento toca tu cabello?
-No sabría describirlo a un aurante.
-¿Que se siente… bueno, ser tú? Existir y al mismo tiempo…
ser como una bruma. -Para mi-. Exclamó su voz seductora y portentosa.
Es calma, es como un río fluyendo en todas direcciones, a veces armónicamente,
a veces vertiginosamente.
Ella era un milagro de la naturaleza que iba y venía.
Con la noche, con la lluvia, con la sequía.
Día con día.
Tarde tras noche.
Noche después de la noche.
Y los colores de éste misterioso ente, cambiaban si había sol, luna… lluvia.
En el bosque de los aurantes, Pedro escuchó susurros que revoloteaban entre sí,
y le atravesaban como un aire helado pero sereno.
Vagó por ese bosque y conoció muchos “aurantes”.
Algunos tenían dedos de tres pares. Largos y blanquecinos como el mármol.
Los aurantes ancianos, eran de un color plata con tonalidades azuladas.
Sin ellos el tiempo no tendría sentido. Ni la luz, ni la oscuridad.
Ni siquiera la realidad misma.
Algunos decían que los aurantes eran fantasmas.
Pedro, poco a poco se dio cuenta que su piel se caía, como una cáscara,
sus cabellos se tornaban blanquecinos, sus dientes amarillos,
incluso su olor había cambiado. Pero él no. Seguía siendo el mismo pedro,
en el interior, deseaba tener esa luz.
Y al alba.
Eliza fue lo primero, y lo último que vio.

