El titiritero y sus inocentes marionetas.
Conforme caminamos, desde el momento que la luz llena
nuestros ojos, dejamos huellas en el sendero, estas huellas pueden ser oscuras
y profundas, o, de igual manera, tenues y a penas visibles.
Hay cientos de huellas que podemos dejar, pero siempre se
convertirán en un legado positivo o todo lo contrario.
Cuando era tan solo un niño, de no más de seis años, el Show
de las Maravillas visitaba el pueblo de La
Carrocería.
No era un circo ni mucho más, ni mucho menos, simplemente un
espectáculo de marionetas, aunque yo veía algo extraño en ellas; a pesar que
las historias que presentaban en la carpa, siempre solían ser cómicas, su
semblante lucía triste y amargado, como si su vida no tuviera ningún sentido.
Claro, que no todas las marionetas presentaban cierto
aspecto, un día, unas estaban tristes, y al siguiente alegres o viceversa.
Había otras que parecían disfrutar lo que hacían, y algunas tantas que parecían
sentir repudio por su trabajo.
El dueño siempre me causó gran curiosidad, y es que,
mientras sus pequeños “hijos” trabajaban arduamente, él simplemente se paseaba
por las calles con elegantes trajes costosos, y los zapatos bien lustrados. Era
una gran contradicción para mí el pensar que un sujeto como él fuera realmente el
titiritero.
Fue una tarde de Verano, cuando por mera inquietud, me
decidí a entrar en casa de aquél hombre, para descubrir una verdad que hasta
ahora se mantiene viva en el recuerdo en mi mente.
Las pequeñas marionetas, que debían correr, que debían descansar
y ser simpáticas no solo durante la función, sino todo el tiempo, se
encontraban saqueando una serie de carteras y monederos robados, con un rostro
de decepción en el rostro, pues sabían que obraban mal.
Había otros que inclusive sonreían sinceramente, pues su amo
estaría orgulloso y los recompensaría.
Miré al fondo, a una vieja y maltratada marioneta, con el
nombre de “Celia” la bufona bordado en su vestido deshilachado.
Me acerqué al tiempo que ella retrocedía arrinconada y
asustada, pensando que la dañaría o la obligaría a trabajar después de tanto
tiempo.
- - Qué están haciendo pequeña títere? -Recuerdo
haberle preguntado con mi voz clara y aguda en ese entonces.
- - Yo ya no puedo hacer mi trabajo amo, no me
azote, por favor.
Me respondió la pequeña con lágrimas en los ojos, las manos
deshechas en mugre y polvo, conmoviendo mi corazón.
-
- Tú no eres el amo. –Me dijo la pequeña con
timidez y vergüenza-.
- - No, me llamo…
Estuve a punto de llevarla a casa, de no ser por la
intrusión del dueño titiritero, quien me corrió al instante de su propiedad,
indignado y furioso.
Nunca volvió a saberse ni de él ni de su negocio cerca de La
Carrocería, pero sí pude re encontrarme, tiempo después con Celia en una carpa
nueva, más profesional, ella sonreía y cumplía su verdadero trabajo, aquello
para lo que realmente había sido labrada, algo por lo que realmente valía la
pena vivir, dejar huella; un buen legado.
Ella supo mi nombre poco después, al igual que muchos otros
de los títeres, pues mi nombre no era lo único que me diferenciaba de mi padre.

