Los desesperantes duendecillos.
LOS DESESPERANTES DUENDECILLOS
Había una vez dos duendecillos que vivían en las lejanas
tierras de San Stefan, provenientes de un prado encantado, donde habitaban
además de ellos: dragoncillos de tres cabezas, lindos renacuajos resplandecientes,
brillantes ranas relámpago y unicornios tan blancos como las estrellas.
Sus nombres, eran Timo y Cleo, y estaban destinados a morir al igual que la mayoría de aquellas
criaturas conforme el tiempo arrasara con la magia de aquel prado encantado.
Un día, mientras Cleo recolectaba florecillas bajo un árbol,
y Timo perseguía renacuajos en el estanque haciéndoles pasar un muy mal rato,
una mujer joven y de cabello rizado, caminó por el sendero hacia la ciudad,
capturando la atención del curioso duendecillo.
Timo corrió tras ella y comenzó a atestarle de nalgadas y corretizas,
tratando de encontrar alguien con quien entretenerse, la siguió un rato,
haciéndole preguntas molestas hasta colmar su paciencia, la chica, intentó
patear al duendecillo pero solo consiguió un moretón cuando este contraatacó
con una roca, intentó perderlo acelerando el paso y distrayéndole, pero por su
agudeza, éste no era fácil de engañar, así permanecieron ambos por un buen
rato, hasta que rendida la mujer, optó por seguir su camino tratando de ignorar
las molestias, con la esperanza que un buen hombre llegara a ocuparse de aquél
demonio que le perseguía.
Mariel, que era el nombre de la mujer, anhelaba cada segundo
que pasaba estar en casa lejos de Timo, quien ahora acompañado por Cleo, no
dejaban de reír de cualquier cosa extraña que escucharan.
-¡A la muchacha se le salió un pedo! –Gritaban las vulgares
criaturas, inocentes pues no habían recibido educación alguna.
-¡No digas mentiras! –Decía Cleo cargando un par de petunias
con un zorrillo en brazos, tratando de sonar educada y linda- A mí no me
engañas Timy, fuiste tú quien se echó ese pedo, porque la muchachita no puede
hacer eso, porque es una muchachita muy bonita y se lava la carita con agua y
con jabón.
Era irritante para la pobre Mariel, una tortura para sus
oídos, pues fueran cumplidos u ofensivas palabras de aquellos poco civilizados
seres, cualquier cosa que pronunciaran con su voz chillona, causaba en ella una
terrible jaqueca incontrolable.
Perturbada y harta, Mariel echó a correr al pueblo,
atravesando largas calles, con los dos duendecillos detrás, hasta que
finalmente, logró perderlos del todo en el mercado.
-¡Un parque de diversiones! –Gritó eufórico Timo.
-¡Siiiii! ¡Yupi! –Contestó Cleo.
