Jason: el príncipe de los locos
El nombre, es Jason Houston.
¿Y qué hago aquí? ¿Sentado en el suelo, afuera del bar,
entre mi propia orina, miseria, y el hedor de hace semanas por falta de una
ducha?
No siempre fue así, tratar de ahogarme en alcohol, buscar
una salida.
Recuerdo que cuando era un niño, reía sobre la posibilidad
de que yo terminara como un ebrio malgastando su dinero, y ahora, río de mi
estúpida ingenuidad.
-Jas… no eres un mal
sujeto.
Interrumpió Gloria una vez más mis pensamientos, entre el
delirio venidero que la acompañaba desde mi cabeza.
-¡Déjame en paz! ¡Fantasma del demonio!
La mujer que pasó justo frente a mí, con una presencia más
real que mi difunta esposa, se sintió indignada por mi irreverente falta de
respeto, y siguió su camino susurrando un par de palabras indignas de una dama,
pero leves; borracho idiota… fue lo
único que escuche antes de perderle de vista.
Me llaman el príncipe de los vagos, porque decidí que ya no
valía la pena pelear por nada.
Porque entendí la realidad de las cosas, y es que, mientras
otros tienen esposa e hijos, sanos, dinero y trabajo, cosas que antes yo
hubiera anhelado, permanezco aquí en inútiles intentos por hacer algo.
-Ya no seas masoquista amor, yo siempre estaré para ti.
-Preferiría que te fueras de una maldita vez vieja.
Dije con voz ronca, en medio del silencio, acurrucándome bajo
la noche estrellada sobre mi cabeza, al tiempo que un muchacho de unos quince de
edad, más o menos, salió de la cantina,
lanzado por un par de gorilas con brazos de Rambo.
-¡Al carajo! –Gritó el chico a los trogloditas.
Todo, absolutamente todo, desde hacía semanas, o meses,
incluso años (por mi desubicado lugar en el espacio y tiempo), se había convertido
en una extraña alucinación; como aquellas veces que gritas a los cuatro
vientos, esa euforia que llevas dentro sin razón alguna, en un impulso
ocasional de locura, ahora era mi vida, todo, absolutamente todo era una locura
total.
-¡¡¡HAHAHAHAHA!!!
-¿De qué te ríes? –Me gritó el muchacho quien se ponía de
pié entre gemidos y quejas dolorosamente, aumentando aún mi gracia.
Apagándose mi risa, en momentos insignificantes, dormí
plácidamente como nunca antes.
A la mañana siguiente, ese chico, se encontraba a mi lado,
recargado en mi hombro, con una botella de licor en su mano y las mejillas
coloradas.
Me levante como todos los días, naturalmente, lo dejé
dormir, caminando hacia adelante, en busca de un nuevo departamento más cómodo y menos ruidoso.
-¡Espera! ¡Tú, el de la barba!
-¿Es a mí? – (Habló una voz en mi cabeza que ni si quiera
sabía que existía) Sí, era a mí, el chico me ofrecía un billete con la cara de
un ex presidente del cual no recuerdo el nombre.
-¡¿Billete?! -Dije como un niño perdido en el medio, tomando
el pequeño objeto, el chico habló.
-Usted lo necesita, ¿no es así?
Reí levemente, y trozando el dinero, le hice dos cortes
simétricos, dejando los restos de aquél valioso papel de $500 irse con el
viento, al paso que el muchacho corría tras los trozos de papel.
-¡IDIOTA! Grité al chico a los cuatro vientos, mientras huía
tras aquellos volátiles e imbebibles pedacitos.
Moviendo los dedos, como si alguna canción imperceptible
para el mundo sonara en el medio, caminé al compás de los susurros de la gente,
las risas y los sonidos del medio en el que me mantenía activo a diario.
Viendo como la cara molesta del chico desaparecía entre la
multitud, justo en la hora pico, me escabullí en el metro, recostándome en una
banca de la estación, después de la tercera parada.
Cuando viajaba en el vehículo, un mocoso (literalmente tenía
mocos escurriendo por su nariz) me sacó la lengua, otro me pateó, y otro tapó
su nariz por mi hedor, provocando completamente mi más profunda indiferencia.
Dormí y dormí una vez más, mientras los trenes pasaban,
atravesando la ciudad, cada uno con diferentes destinos, todos con algo en
común, eran cedes de gente, gente que trabajaba, tenía esposa, hijos, dinero, y
licor.
Mi garganta se secaba, y ansiaba poder beber un trago de
alcohol aunque tarde o temprano tuviera que regresarlo (y no en forma de licor
exactamente).
Después de todo, aquél muchacho se había acabado mi última
reserva de whisky robado.
Justo acababa de pensar en mi alimento diario, cuando un
hombre bajó de la puerta del metro seguido de una ola precipitada de personas,
aquel “Señor”, llevaba consigo una botella de Brandy del 47, que si me dejan
decir con mi lenguaje de hermosa princesa, era una ¡Fregonería! en aquellos
momentos de necesidad.
Necesitaba aquél líquido, así que, como muchas otras veces,
pasé corriendo a donde el despistado y le arrebaté su botella con todo y
chamarra, acelerando mi velocidad después que vi a un policía persiguiéndome al
instante que robaba la botella.
Dando un trago profundo, intentando acabar lo más pronto
posible con el contenido de la botella, me entregué a las autoridades como
parte de esa rutina, no era nada a lo que no estuviera acostumbrado.
Las primeras veces, todo intentaba solucionarse con un “pero oficial, yo ni si quiera tomo”, o
un “le juro que solo fue un sorbito… pensaba
devolverlo”.
Ahora, la mitad de la policía en la ciudad me conocía, y, a
pesar de todo, no me retenían por más de una larga semana que para mí era la
muerte.
Estaría cuerdo, pero no maniático, matar era algo a lo que
nunca me atrevería por nada, aunque lo había dudado en mis más oscuras noches,
siempre llegaba a la misma conclusión.
Quizás aquel valor de “no agresividad” y las visitas de mi
mujer en forma de Gasparín, serían las únicas reliquias que conservaba.
-¿Y esto?
Bueno, tal vez no era todo; “Aquello” no era más que un viejo
álbum fotográfico que Gloria había insistido que guardara siempre, no era algo
valioso, pero era algo, y con que fuera algo
para mí, bastaba.
-Es mi libreta de imágenes.
Y entre risitas ahogadas, caí en la fría celda, junto con
aquel álbum que quedó entre abierto.
Reí y reí, hasta quedar tumbado igual que el cuaderno de imágenes.
Gloria, asomando por las páginas color ámbar me miraba en
una sonrisa radiante, no una risa de ebrio feliz como la mía, ni una risa
común; era belleza, que aún me causaba melancolía y dolor cada vez que la veía,
masoquista que era este lunático borracho.
Antes que apareciese, como frecuentaba hacer cada noche mi
mujer, dormí una larga siesta en el piso de la celda, cerca del inodoro, donde
había caído tumbado, listo por cualquier cosa que deseara salir a media noche.
¿Qué si mi vida apesta? No siempre; algunas veces es peor
que eso, pero la costumbre me ha hecho olvidar, aquello que un hombre decente llama vida.
Esto es ahora mi vida, y ya no me quejo, solo me adapto.
