El recipiente.
¿Somos adictos a las historias?
A veces... somos prisioneros de ellas.
Hay historias que no son simplemente historias. Hay historias que van más allá ¡mucho más allá de los límites que podemos imaginar! Y así como unas vale la pena contarlas, otras no deberíamos siquiera mencionarlas. Hay historias que escuecen la carne y oscurecen el ser. Relatos que deberían permanecer sepultados, ocultos bajo llave.
Mi primo Miguel lo sabía muy bien.
Estaba obsesionado con lo paranormal.
Le gustaba leer sobre el tema, documentarse, y una que otra vez experimentar.
A mis padres no les gustaba, pero siempre que sacaban el tema él se resguardaba a veces en gritos, y otras en indiferencia.
Una noche desperté muy asustado, me había quedado a dormir en su casa.
Vi su silueta en la puerta, estaba empapado, con los ojos como dos faros carmesí y lo que parecía una cabeza en su regazo.
Al principio no la vi, pero conforme se acercó lo vi.
Se acercó cada vez más y más rápido y justo cuando creí tenerlo unos centímetros frente a mi, ya no lo vi más.
Pero el cuarto apestaba a humedad, y a cobre.
Aun temblando, y armado de valor pues me convencí que había imaginado todo eso, me encontré a Miguel tumbado boca arriba, dormido con los ojos abiertos en su habitación. Estaba seco y no había nada en su regazo. Eso sí, murmuraba un par de palabras extrañas que yo no conocía, y ¡sonreía! eso último me dejó atónito.
Casi me orino en ese instante debatiendo si quedarme a contemplar eso, o solo cerrar mis ojos, o regresar a la habitación de invitados.
Nunca le conté eso a mis tíos.
Ni sobre la vez que vi a una niña pequeña que nunca había visto en la sala, por un instante fugaz. No podía dejar de verla, tal vez se tratara del morbo, o de comprobar si lo que veía era real. Fue un día antes de que mi primo se ahogara.
Nunca he creído en lo sobrenatural, pienso que todo debe de tener una explicación, pero ésto no lo tiene, y temo por lo que venga para mí en adelante. Porque cada noche, escucho a Miguel, en una risa tenue, y murmurando esas palabras que aquella noche lo escuché pronunciar.
vas meum es.
No consigo sacar esa mirada de mi mente. Y saber que se ha ido, ¿o no?
-¿O no? Jaja. Me sorprendo pronunciando, y me aterró ante mi reacción, es como si yo no fuera yo.
Es como si algo ajeno me invadiera.
Mi cabello se cae a montones, mi cuerpo se torna gris y toso ante el aire gélido.
Y la risa me invade los pulmones.
No puedo evitarlo
¡Es tan cómico! ¿él? es tan cómico.
Yo soy él.

