El bulto.
Dante se encontraba sentado en la banca del parque, a la luz de la vieja farola.
Aquella luz diurna y amarillenta que tanto tiempo le había acompañado en sus ratos de melancolía, de dolor, de tristeza.
Una vez por semana visitaba ese lugar con un sobre en la mano. Escribía algo y lo guardaba. A veces sus ojos se llorosos palpaban el trozo de papel con añoranza.
En una ocasión. Lo rompió en trocitos.
-¡Tonto! Exclamó al instante que las partículas del escrito se dispersaban por el viento, para después recomponerlas con cinta adhesiva.
Una vez intentó quemarlo. Pero no lo logró.
En su lugar, lo guardó en una bolsa púrpura que había pertenecido a su padre.
Este intento, no titubearía..
Sacó una botella negra, de plástico grueso, y vertió el contenido en el basurero. Sin pensar echó dentro la bolsa y un cerillo.
Rememorando cada cosa, cada fracaso, todo aquello escrito por años.
Todo momento fuera de plan, de su plan. Todo lo que estaba fuera de su control.
Cada atadura. Cada tumba, cada martirio.
Ese cero en álgebra, las reprimendas de su madre, la muerte de su padre, y aquello imperdonable; las víctimas de ese accidente. Pero...
- Nada puede cambiarlo. Murmuró al día siguiente, cuando recuperó las cenizas intactas.
Las cenizas de su culpa.
Que ésta vez, almacenó en una caja.

