Crónica de un viajero.
Me ha costado algo de trabajo decidir ¿qué vivencia narrar? no es que no tenga historias dignas de contar. Supongo que el tema va más sobre ¿de cuales tengo la memoria más fresca? como para extenderme debidamente sobre los hechos. Todo el día, estuve seleccionando, rememorando. Podría escribir sobre la vez que me emborraché con rompope, o sobre cómo llegué a casa con un gato que había adoptado, o sobre la experiencia conociendo a Stan Lee en 2016. Pero al final opté por el siguiente relato, que es cien por cien real. Al igual que las vivencias previamente mencionadas.
Un tema de conversación común entre amigos o conocidos, o incluso desconocidos, es sobre experiencias paranormales.
Yo siempre me he mostrado un poco escéptico. Y siempre cuento la misma historia porque es lo único cercano a dicha naturaleza que he experimentado con certeza.
Todo inicia en Febrero del 2023.
Aún estaba en la universidad y me había encomendado a participar en más senderismos como propósito de año nuevo. En ese entonces contaba con un ahorro y una cuantiosa beca que me permitió unirme a mis compañeros en un viaje que se realizaba a Guanajuato, para subir el cerro de La Bufa.
Muchos de mis amigos estaban ocupados, por lo que no pudieron ir al viaje y el cupo era limitado.
Así que me dispuse a ir solo.
Saliendo de clases fui por mis cosas a la casa en donde rentaba, tomé un uber y abordé el camión de las 2:30 p.m.
Me hospedé en un hotel del centro que quedaba muy cerca del punto de reunión en el que nos habían citado. Justo enfrente de la Escuela Normal.
El hotel parecía ser una casa antigua adaptada para hospedaje. Lo noté al entrar al baño, y en la estructura arquitectónica con un emblemático patio al centro. Crecí en una casa como esa, pero mucho más grande, así que me sentí bastante cómodo y tranquilo, como en casa.
Dejé mis cosas y salí en busca de la aventura.
Me puse una gorra gris, pues el sol era intenso, y mis lentes rojos.
Tomé mi comida para más tarde y la puse en la mochila.
Unos tenis negros que quizás no eran los más aptos para subir montañas, que me guiaron al punto de reunión.
Me formé al lado de un grupito de dos chicas y tres chicos. Una parte de mí quería entablar una conversación, pero no sabía por donde partir. Ni como plantear un punto de partida.
Poco a poco fue llegando más y más gente.
Ya para las 4:30 éramos más de cincuenta estudiantes de diferentes divisiones.
Y yo una hormiga en un hormiguero, me abrí paso para confirmar mi registro en las listas que el encargado nos hacía firmar de uno en uno.
Me engenté con facilidad, y estaba un poco nervioso pero animado a la vez. Éste era un viaje que pretendía hacer para mi y eso me reconfortaba.
Aun así, no fue exactamente un recorrido solitario, no solo por el numeroso grupo, sino porque entre la multitud me encontré con Eduardo.
-¡¿Que tal?! ¡¿Cómo estás?! ¿Que andas haciendo por éstos rumbos?
Me preguntó el muchcacho repleto de lunares en su cara, y con un ánimo y una actitud muy propios de él.
-Bien bien, aquí ando de visita. Tenía ganas de hacer un senderismo, y quise aprovechar.
Subsecuentemente, Eduardo me fue presentando con sus amigos, un chico de playera negra y short, una chica alta de gafas, sudadera gris y pants negro. Un muchacho con playera roja y pants negro y otros cuantos compañeros de los cuales no recuerdo sus nombres.
Cuando los responsbales del recorrido dieron la indicación, los seguimos a través de las calles empedradas de Guanajuato, cuesta arriba, entre pequeñas verjas y calles empinadas y estrechas hasta poco a poco dejar atrás las casas y paisajes urbanos.
Poco a poco escuché que los chicos de atrás eran de la facultad de arquitectura.
-¿Es cierto lo que dicen que el café es el equivalente al agua para los arquitectos?
Pregunté.
-Yo creo que sí, es verdad. Respondieron dos de ellos después de pensarlo un poco.
Poco a poco me fui familiarizando con varios de ellos, y entablando conversaciones breves con algunos. De pronto perdía a Eduardo, y de pronto me reencontraba con él.
Casi a la mitad del recorrido, llegamos a una gruta en la que según escuché solían realizar brujería durante las noches. Era un sitio muy famoso rodeado de mitos y leyendas, nos detuvimos un rato y despúes nos separamos en dos grupos, pues uno de los encargados del recorrido nos guió por un sendero empedrado, que según él era un atajo. Yo seguí con ese grupo y en la planicie previo a la cima de La Bufa, me reencontré una vez más con Eduardo.
Le pedí que me tomara una foto pues el paisaje se veía majestuoso desde esa zona. El sol de la tarde se ocultaba a lo lejos resplandeciendo con un haz dorado, cubriendo todo a su alrededor, las montañas y la ciudad. Y ese atardecer fue el que contemplamos todos juntos, comiendo y tomando fotos.
Regresamos cuesta abajo a eso de las siete y media.
La oscuridad nos había alcanzado y muchos avanzábamos con las linternas del celular.
Yo regresé con Eduardo, su grupo, y una chica llamada Ilse con quien conversé un buen rato sobre otros viajes que había realizado ella, y sobre la escuela.
Una vez de regreso en la ciudad, cada quien tomó su camino y yo me dirigí al hotel donde había de hospedarme.
Me di un baño, me puse la ropa de noche y me acosté.
Al entregarme la habitación, la recepcionista me indicó que había cobijas extra en el ropero por si pasaba frío. Y en efecto, durante la madrugada sentí un frío muy fuerte en todo mi cuerpo. Pero me negaba a levantarme por la cobija por pereza.
Frente a la cama estaba la puerta del baño, y un espejo descansaba sobre el lava manos.
Debían de ser las tres de la mañana, una hora típica para apariciones y eventos sobre naturales, en medio de la ensoñación me puse de pie y haciendo caso omiso de la hora, tomé una de las cobijas que estaban en el armario. Pero antes de poder regresar a la cama, vi en el espejo del baño a una mujer desconocida justo detrás de mi. Ella me conocía, o me confundía con alguien, y yo no la conocía, pero sabía que ella me estaba confundiendo, no quería hacerme daño aparentemente. Lo que quería era mi ayuda, pues estaba atrapada. Todo esto fue como una sensación, sentía que tenía que ayudarla, y recé, recé un padre nuestro, dos... tres, y recé por ella hasta perder la cuenta, y ambos descansar por fin.
Una vez más desperté por la madrugada, cayendo en cuenta de lo que había soñado, me costó volverme a dormir, pero ésta vez me negué a levantarme o si quiera a abrir los ojos.
Al sonar la alarma, arreglé mis cosas y salí de la habitación hecho un rayo.
Entregué el cuarto, y tomé el camión de regreso a la central, para de ahí regresar a casa.
Nunca había tenido un sueño tan vívido, y normalemnte trato de encontrarles un significado. Pero, en ésta ocasión no había explicación evivente para mi, al menos no una que no fuera demasiado rebuscada. Estaba muy tranquilo, había comido bien, ¡no había nada que me hubiera hecho soñar algo así!
Y a la fecha, lo recuerdo como un hecho sobre natural.
Aunque pueda interpretarse como un simple sueño, o un resultado de una ferviente imaginación, sostengo que se trató de algo más.
