Bruma esmeralda.
Elisa se despertó temprano.
Pero no se levantó al instante.
Cuando la alarma sonó, su cuerpo permaneció en cama, mientras su mente divagaba entre sueños.
Se encontraba dentro de una caja oscura, había humo que se observaba desde fuera y el sonido de una sierra aserrando madera.
Aterrada, la joven pidió que la dejaran salir.
Pero el mago se negó.
La silueta de su elegante figura proclamaba seguridad y firmeza.
Más de lo que podría decir Elisa.
Sus piernas bailaron de los nervios, al son del sudor en su frente.
-Yaktai, izmeneniya, translatio. Exclamó el hombre con voz portentosa.
Elisa sintió como si un cálido manto la hubiese envuelto de pies a cabeza.
La caja no dejó salir ruido aparente que alertara al público del miedo que la invadía.
Entonces sonó la alarma y despertó, envuelta en sábanas cálidas como en su sueño.
Se levantó con pereza, encaminándose a la puerta del baño, pero, cuando la abrió no pudo más que toparse con una joven de vestido de esmeralda, piel blanca como la nieve, y mirada dulzona.
La figura se acercó al mago que antes había visto a través de la caja.
Ambos charlaron sobre un conejo y un acto de magia.
Pero no la veían.
Elisa era como un fantasma para ellos.
Se sentía como un ser invisible.
Los siguió por un pasillo estrecho hasta una gran puerta de roble que conectaba con un pequeño y abarrotado vestíbulo.
Dentro de la habitación, Elisa se encontró con una rica colección de figuras mágicas, que jamás había visto en su vida, y cuya función era desconocida.
Sintió un gran éxtasis al apreciar el detalle en cada pieza frente a ella. De metales, minerales, maderas finas y piedras preciosas.
Elisa tenía hambre.
De la nada, una bruma rojiza envolvió el ambiente, una silueta se aproximaba por el pasillo, el mago por fin la vió, asombrado, con ojos como platos.
-Eres tú, ¡por fin llegaste!
-¿Cómo?
Creyó decir Elisa, pero no podía hablar.
-Yo no te conozco.
Intentó decir pero su voz era un sonido que solo se producía para sí.
- El mago se acercó a ella, y le ofreció un conejo que sacó del sombrero, pero ¡estaba cocinado, a las hierbas!
El conejo salió saltando del sombrero, descarnado y jugoso, con un olor a carne cocida y especias.
El estómago de Elisa rugió.
Estaba sentada en una sala junto al mago, ambos bebían vino con naturalidad y ella se sobresaltó cuando se miró al espejo, a través de la penumbra. Se acercó un par de metros y en un reflejo azabache, como un ópalo o una oscura piedra preciosa enmarcada en roca, se reconoció como la joven de vestido esmeralda.
Una ráfaga helada recorrió su espalda.
Elisa se incorporó y se topó cara a cara con su esposo. Un tipo elegante, de barba y sombrero.
-Cariño, tuviste un día pesado, ¿la comida te cayó mal? No dejaste de gritar ni un minuto entre sueños, descuida que yo llevo a los niños al circo.
