Los desesperantes duendecillos. Cp.4

febrero 02, 2016 Books&Wings 0 Comments

Muerto de tristeza, cayó en depresión, sobreviviendo por puro milagro a enfermedades y malestares durante veinte largos años.

Cuando una mañana de Diciembre, cuando el frío y el final anunciaban el fin del sendero para el hombre, dos figuras llegaron en el umbral, de estatura mediana, con orejas puntiagudas y grandes ojos verdosos, las caras arrugadas como siempre habían lucido, y el semblante distinto a la última vez que las había visto.

Timo y Cleo estaban frente a él, y, sujetando un grueso libro en sus manos, hablaban a su amo:

-Esto es para usted buen hombre –Dijo Timo con una voz varonil y serena, mientras Cleo ofrecía una copia casi exacta al viejo con una leve sonrisa en su rostro.

Su corazón estaba más feliz que el de una recién casada, más no por el libro al que había superado ya hacía mucho, sino por ver de nuevo esos alocados y divertidísimos rostros de duende.

-¿Pero qué ha pasado con ustedes mis simpáticas criaturas? –Dijo el hechicero examinándolos.

Cleo, quien antes fuera curiosa y ocurrente, parecía más rígida que una tabla, tan inerte como el mar muerto o un mismo autómata sin sentimientos, y Timo, por otro lado, quien usualmente andaba desalineado y más loco que una cabra, tenía el semblante de dignidad y seriedad que tendría un joven empresario.

-Te entregamos aquello que perdiste, somos tus esclavos. Cuando partimos en busca de todo el conocimiento que por años tu libro había albergado, alrededor de los templos en las montañas de la 

Luz, y los caudalosos ríos que cruzamos para comunicarnos con los seres submarinos por aquellos misterios de la penumbra y los espectros, pedimos a un sabio hombre nos concediera la madurez, para no causarte ya ninguna penuria, ni a ti, ni a nadie… -Antes que terminara, el anciano interrumpió.

-Pero ¿Cuándo les pedí que hicieran esto? ¿Quién ha sido el ingrato que les ha quitado su verdadera magia?

-No ha sido ningún hombre quien nos cambiara, mi buen amo, él solo nos retiró aquello que limitara nuestro envejecimiento, pues fue el tiempo quien realmente nos ha transformado.


El viejo no tenía ya enfrente a los duendecillos que tanto le hacían falta, tenía solo más chicos honestos y serios como en ese mundo gris, echaría de menos esa chispa de locura que encendía sus tardes, y ahora debía vivir, con los nuevos seres que tenía frente a sí.