Los desesperantes duendecillos. Cp.4
Muerto de tristeza, cayó en depresión, sobreviviendo por
puro milagro a enfermedades y malestares durante veinte largos años.
Cuando una mañana de Diciembre, cuando el frío y el final
anunciaban el fin del sendero para el hombre, dos figuras llegaron en el
umbral, de estatura mediana, con orejas puntiagudas y grandes ojos verdosos,
las caras arrugadas como siempre habían lucido, y el semblante distinto a la
última vez que las había visto.
Timo y Cleo estaban frente a él, y, sujetando un grueso
libro en sus manos, hablaban a su amo:
-Esto es para usted buen hombre –Dijo Timo con una voz
varonil y serena, mientras Cleo ofrecía una copia casi exacta al viejo con una
leve sonrisa en su rostro.
Su corazón estaba más feliz que el de una recién casada, más
no por el libro al que había superado ya hacía mucho, sino por ver de nuevo
esos alocados y divertidísimos rostros de duende.
-¿Pero qué ha pasado con ustedes mis simpáticas criaturas?
–Dijo el hechicero examinándolos.
Cleo, quien antes fuera curiosa y ocurrente, parecía más
rígida que una tabla, tan inerte como el mar muerto o un mismo autómata sin
sentimientos, y Timo, por otro lado, quien usualmente andaba desalineado y más
loco que una cabra, tenía el semblante de dignidad y seriedad que tendría un
joven empresario.
-Te entregamos aquello que perdiste, somos tus esclavos.
Cuando partimos en busca de todo el conocimiento que por años tu libro había
albergado, alrededor de los templos en las montañas de la
Luz, y los caudalosos
ríos que cruzamos para comunicarnos con los seres submarinos por aquellos
misterios de la penumbra y los espectros, pedimos a un sabio hombre nos
concediera la madurez, para no causarte ya ninguna penuria, ni a ti, ni a
nadie… -Antes que terminara, el anciano interrumpió.
-Pero ¿Cuándo les pedí que hicieran esto? ¿Quién ha sido el
ingrato que les ha quitado su verdadera magia?
-No ha sido ningún hombre quien nos cambiara, mi buen amo,
él solo nos retiró aquello que limitara nuestro envejecimiento, pues fue el
tiempo quien realmente nos ha transformado.
El viejo no tenía ya enfrente a los duendecillos que tanto
le hacían falta, tenía solo más chicos honestos y serios como en ese mundo gris,
echaría de menos esa chispa de locura que encendía sus tardes, y ahora debía
vivir, con los nuevos seres que tenía frente a sí.
