Los desesperantes duendecillos. Cp.3
Sin embargo, fue el tiempo suficiente para que el mago
escondiera aquellos secretos que su libro albergaba en sus amarillentas
páginas, en un lugar secreto y seguro.
No pasaron más de diez minutos, cuando los dos duendes,
abrieron de nuevo los ojos con más adrenalina que nunca, y, a pesar que el
viejo les había dejado fuera, a unas dos cuadras de su casa, encontraron el
camino de vuelta y se fugaron a la choza del mago, para hacerle la vida
insufrible a un solo individuo.
Era su nueva y permanente víctima, en la casa del mago, por
alguna extraña razón, ellos se sentían como en casa, y por más veces que les
corriera a escobazos y durmiera con poco efectivos embrujos, parecían tener una
extraña afición por aquel hombre.
Cada día rompían tazas, mascaban carne y patatas con la boca
abierta, insultaban y regañaban al mago, así como, le contaban sus anécdotas en
el bosque, hartando más y más su paciencia, hasta el punto en que el agua
hirvió. Sin más que derramar, ni lágrimas, ni desesperados súplicas al cielo
porque estas criaturas se largaran, el mago terminó por aceptar a los
duendecillos, e incluso encariñarse con ellos.
Sus travesuras comenzaron a disminuir, y ser tolerables para
el anciano cuyo corazón se fue moldeando en ternura y tolerancia. Pasaron dos
años, y el viejo les leía cuentos todas las noches, compartía con ellos su
alegría al oír la vez que habían dejado traumado al pobre lobo del bosque, y
sentía cierta empatía por aquellos seres a quienes consideraba ahora como parte
de su misma carne.
Un día, cansado por soportar sus travesuras que habían ido
demasiado lejos, se apaciguó en el sueño durante un largo rato. Sin embargo,
los duendecillos, parecieron no entender la lección ante el enojo del mago.
Al despertar, el viejo, mientras entraba a la cocina, se
encontró con un escenario que desató su ira y su llanto, no pudo tolerarlo y
por pura obra de magia, fue que sobrevivió.
-¡Fiesta! ¡Fiesta! No más distracciones para el amo
–Gritaban las criaturas con el libro roto entre las manos. Si hubiese sido
posible salvarlo, el mago lo habría hecho, sin embargo, estaba destrozado, las
páginas, mojadas con bilis de canguro y lágrimas de fantasma, rayadas otras
tantas y esparcidas en confeti por la casa, eran solo vestigios de una reliquia
que el valoraba tanto como su propia vida.
-¡Largaos! ¡Largaos! –Gritaba fúrico el viejo a los seres
del prado.
No pudo soportarlo, y rompió en llano, tocando el corazón de
Tina y Timo, más estos, no soltaron una sola lágrima, y borrando por primera
vez en mil años, su sonrisa del rostro, partieron de la casa del amo.
El viejo, arrepentido y dolido, después de meses de haber
superado lo de su libro, buscó la otra parte de su herido corazón, pero ésta
había sido robada por los mismos duendecillos.
