Los desesperantes duendecillos. Cp.2
Al mismo tiempo, ambos corrían y jugaban con las preciadas
mercancías de los comerciantes, burlándose de éstos y carcajeándose a cada
inútil intento que el carnicero hacía por atraparlos.
-¡Ay Dios! Los demonios han venido de visita, ¿Qué hemos
hecho nosotros para merecer toda ésta locura? –Decía una mujer que se hallaba
comprando un collar justo unos momentos antes.
-Dios nos libre que se nos peguen, yo me largo de una buena
vez –Dijo un joven robusto de ojos oscuros, huyendo rápidamente del lugar.
Las dos criaturas, sintieron curiosidad por aquel chico, y
buscando un nuevo juguete lo corretearon bombardeándole de sus historias en el
prado; la vez que habían destruido el cuerno de un pobre unicornio, cuando
habían jugado una asquerosa competencia de eructos después de robar a un viejo
una caja con sodas al cruzar el arroyo, o la aventura que se habían echado
aquel día que
Comenzaron a treparse en sus piernas y hombros, cuando éste
empezó a acelerar, luego tropezó justo después que Cleo dijera:
-¡Sí! ¡Arre caballito!
Justo en ese momento, pasaba por ahí un viejo hechicero
malhumorado, que había vivido solo la mayor parte de su vida, dedicado
enteramente a su magia y nada ajeno a ésta.
Justo daba la vuelta intentando evitar aquel incidente del
que ahora era testigo, cuando ambos seres extraños y toscos, emprendieron su
viaje junto a una nueva víctima.
-¡Ay de mí sí me siguen! –Pensaba el viejo mientras caminaba
con su robusto libro de hechizos en mano. Objeto de gran valor, perteneciente
al mismísimo primo de Merlín; Greston, quién fuese aprendiz de su padre, el
cual le había obsequiado los secretos del gran brujo retenidos en aquél objeto.
Le siguieron, al principio un poco callados, no por timidez,
sino por cansancio de tanta locura, más pasados no más de cinco minutos, se
rompió la tranquilidad que implantaba el ambiente, simplemente en el sonido,
pues desde aquel desafortunado incidente con el joven y los duendecillos, del cual
el mago había sido testigo, su mente no dejaba de alterarse ante la posibilidad
que lo tomaran como su nuevo y entretenido bufón de circo.
Para cuando abrió la puerta de su casa, Timo había pintado
su barba con un extravagante color rosado que en nada combinaba al viejo, al
pasar por una tienda de artesanías y robar a un hombre sus pinturas sin darse
cuenta. Por su parte, Cleo, quien no se había callado en todo el camino,
colmaba la poca paciencia que el anciano refunfuñón tenía.
Por suerte su libro estaba intacto, más, temiendo que algo
pudiera pasarle, recordó en un abrir y cerrar de ojos, el encantamiento para
dormir que su padre le había enseñado, cayendo al mismo tiempo, las criaturas
silvestres en un profundo, pero realmente corto sueño.

